Prólogo de Marcos Aguinis

La Argentina espera ansiosa la luz que haga visible el camino de su desarrollo. En las profundidades del alma nacional vibran esperanzas, aunque subordinadas por el ruido de los fracasos que hemos venido sufriendo. Damos vueltas en torno a los mismos, reiterativos problemas. Tenemos “un pasado que no pasa”. En lugar de progresar, repetimos. Machiavello anunció la razón: “el reformador tiene como enemigo a todos quienes lucran con el viejo orden”. Gran parte de nuestra sociedad sufre el envenenamiento de las consignas que impusieron y mantienen la vigencia del viejo orden. Por eso los auténticos reformadores no consiguen hacerse escuchar suficientemente.

Se ha demostrado que nuestro país, encadenado por las argollas del viejo orden, es tironeado hacia un pantano inclemente. Nadie sabe a cuánta profundidad yace el fondo y cuánto tardaremos en tocarlo. Mientras, sufrimos. Chapaleamos con poco éxito. Brazadas, puntapiés y cabezazos no logran revertir el creciente drama.

Pero ya nos ha ocurrido antes, en la primera mitad del siglo XIX, luego de la Independencia. Después sobrevino un salto milagroso: la Constitución de 1853, inspirada en Juan Bautista Alberdi. A partir de esa fecha el país se empezó a incorporar como alguien que emerge de una incapacidad prolongada. Tropezones, desvíos y caídas no impidieron que cada vez las cosas marchasen mejor. En pocas décadas se convirtió la Argentina en la república más poderosa y admirada de toda América latina. También llegó a figurar entre los diez países más ricos y productivos del planeta.

Ahora puede repetirse el milagro. Para ello hace falta cambiar el chip.

Guillermo Laura muestra y describe ese chip en esta obra. Con letra fluida y ejemplos claros expone la mayor parte de nuestros defectos. Pero con párrafos más nítidos y vigorosos aún, pone sobre la mesa las soluciones. Son posibles. Son excitantes. Pueden generar un grandioso cambio material y espiritual en poco tiempo. Convertir a millones de personas atadas a la burocracia improductiva en trabajadores dignos. Acabar con amplios espacios de desocupación evidente o encubierta. Poner fin a las villas miseria. Integrar el país con una maravillosa red de autopistas y aeropuertos. Reactivar los ferrocarriles. Generar las condiciones para el crecimiento de pequeñas y aisladas poblaciones donde puedan encontrar trabajo, educación y progreso las ahora barriadas hacinadas del cono urbano bonaerense. Sanear ríos contaminados. En fin, desatar la mayor parte de los nudos que traban el desarrollo potente de la Argentina.

No se trata de una ilusión. Se trata de un conjunto de políticas de Estado motorizadas por un enfoque moderno y desprejuiciado de gestión. Tiene una impresionante similitud con Las Bases que ofreció Alberdi. Pero afirmadas en el siglo XXI, con el flujo de ejemplos que brindan los países exitosos de verdad. Considero obligatorio que los dirigentes de nuestro país lean, relean y discutan las páginas de este libro. De la misma forma que lo hizo Urquiza con el de Alberdi.